En el transcurrir de las últimas cinco décadas, el suicidio se ha consolidado como un problema prioritario de salud pública a nivel mundial. Diversos estudios han documentado incrementos sostenidos en distintos países desde finales del siglo XX. En México, por ejemplo, se reportó un incremento significativo entre 1970 y 2007 (Borges et al., 2010), tendencia que continuó en la primera década del siglo XXI (Dávila-Cervantes et al., 2015). En Argentina también se registraron aumentos importantes entre finales de los años noventa y comienzos de la década de 2010 (de Rozas, 2014).
En Colombia, las tasas mostraron relativa estabilidad entre 2004 y 2013; sin embargo, a partir de 2014 se evidenció una tendencia ascendente que superó registros históricos previos (Gómez Montoya, 2018). De acuerdo con los informes más recientes del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses (2023, 2024), el país ha mantenido cifras que oscilan aproximadamente entre 6 y 7 casos por 100.000 habitantes en los últimos años, con mayor afectación en hombres y en población joven y adulta joven.
A nivel global, la Organización Mundial de la Salud (2023) estima que alrededor de 700.000 personas mueren cada año por suicidio, lo que equivale aproximadamente a una muerte cada 40 segundos. El suicidio continúa ubicándose entre las principales causas de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años, lo que evidencia su impacto en población en etapas productivas y formativas del ciclo vital.
Un factor de riesgo es una condición personal, circunstancial o ambiental que aumenta la probabilidad de ocurrencia de una conducta suicida. Es decir, se trata de variables que incrementan o disminuyen la probabilidad, mas no determinan de forma absoluta la ocurrencia del suicidio (Secretaría de Gobierno Distrital – Bogotá, 2008).
Siguiendo la clasificación propuesta por Adam (1990) y White (1998), los factores pueden organizarse en:
• Factores predisponentes:
Colocan al sujeto en una condición de mayor vulnerabilidad frente al suicidio. Entre ellos se encuentran antecedentes familiares de suicidio, depresión u otros trastornos psiquiátricos; pérdidas significativas en la infancia; aislamiento social; y condiciones socioeconómicas adversas. La interacción entre factores ambientales y marcadores biológicos continúa siendo objeto de estudio.
• Factores contribuyentes:
Exacerban un riesgo previamente configurado. Aquí se incluye el consumo abusivo de sustancias psicoactivas, dificultades en habilidades de afrontamiento, impulsividad, rigidez cognitiva y baja tolerancia a la frustración.
• Factores precipitantes:
Son eventos que activan o detonan un escenario de riesgo previamente establecido. No constituyen causas únicas, sino desencadenantes dentro de un proceso multifactorial.
• Factores de protección:
Actúan como elementos de contrabalanceo. Entre ellos se encuentran el apoyo social y familiar, el acceso a servicios de salud mental, habilidades de afrontamiento adaptativas y sentido de propósito.
Es importante precisar que el principal factor de riesgo inmediato para el suicidio es la presencia de ideación suicida activa (Freeman & Reinecke, 1995; Maris, 1992; Villalobos & Crespo, 2004). Sin ideación, los demás factores carecen de sentido clínico en términos predictivos. Esto permite diferenciar claramente entre probabilidad y determinación.
Dos de los factores más robustamente asociados al riesgo de suicidio son los trastornos depresivos y el consumo problemático de sustancias.
La Organización Mundial de la Salud (2023) estima que más de 280 millones de personas viven con depresión en el mundo. Los trastornos mentales, en conjunto con los trastornos por consumo de sustancias, continúan figurando entre las principales causas de discapacidad global.
La evidencia científica ha mostrado que un alto porcentaje de personas que fallecen por suicidio presentan al menos un trastorno psiquiátrico diagnosticable, siendo la depresión mayor, el trastorno bipolar y los trastornos por uso de alcohol y otras sustancias los más frecuentes (García & Aroca, 2014). En población adolescente y juvenil, el consumo abusivo de alcohol y otras sustancias incrementa significativamente el riesgo de intento e ideación suicida, especialmente cuando se combina con síntomas depresivos y antecedentes de intento previo (Serrano et al., 2017).
En 2019, la Organización Mundial de la Salud incluyó el síndrome de Burnout en la CIE-11 como un fenómeno ocupacional asociado al estrés laboral crónico no gestionado adecuadamente. Si bien no se clasifica como trastorno mental, sí se reconoce como un factor que puede impactar significativamente la salud mental y el funcionamiento del individuo.
El Burnout puede incrementar la vulnerabilidad frente a la depresión, el consumo de sustancias y, en escenarios extremos, al riesgo suicida (Saborío & Hidalgo, 2015; Aceves, 2006). Por ello, las estrategias de prevención en el ámbito laboral deben incluir programas de gestión del estrés, mejoramiento del clima organizacional y promoción de habilidades sociales y comunicación asertiva.
Estas acciones deben complementarse con intervenciones directas en prevención del suicidio, tales como educación sobre señales de alerta, acceso a líneas de atención en crisis, protocolos de intervención y remisión oportuna a servicios especializados en salud mental. Asimismo, los programas de prevención del consumo de sustancias psicoactivas siguen siendo altamente pertinentes tanto para la prevención del Burnout como del riesgo suicida.
• Aceves, G. A. (2006). Síndrome de burnout. Archivos de Neurociencias, 11(4), 305–309.
• Adam, K. (1990). Environmental, psychosocial, and psychoanalytic aspects of suicidal behaviour. En S. Blumenthal & D. Kupfer (Eds.), Suicide over the life cycle (pp. 39–96). APA Press.
• Borges, G., Orozco, R., Benjet, C., & Medina-Mora, M. E. (2010). Suicidio y conductas suicidas en México. Salud Pública de México, 52(4), 292–304.
• Dávila-Cervantes, C. A., Ochoa-Torres, M. P., & Casique-Rodríguez, I. (2015). Mortalidad por suicidios en México, 2000–2012. Salud Colectiva, 11(4), 471–484.
• de Rozas, D. M. F. O. (2014). Homicidios y suicidios en Argentina. Asociación para Políticas Públicas.
• Freeman, A., & Reinecke, M. A. (1995). Terapia cognitiva aplicada a la conducta suicida. Desclée de Brouwer.
• García, E. B., & Aroca, F. (2014). Factores de riesgo de la conducta suicida asociados a trastornos depresivos. Salud Mental, 37(5), 373–380.
• Gómez Montoya, B. (2018). Comportamiento del suicidio en Colombia, 2017. En Forensis 2017: Datos para la vida. INMLCF.
• Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. (2023). Forensis 2022: Datos para la vida.
• Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses. (2024). Forensis 2023: Datos para la vida.
• Organización Mundial de la Salud. (2023). Suicide worldwide in 2023: Global health estimates.
• Organización Mundial de la Salud. (2023). Depression fact sheet.
• Maris, R. W. (1992). Assessment and prediction of suicide. Guilford Press.
• Saborío Morales, L., & Hidalgo Murillo, L. F. (2015). Síndrome de Burnout. Medicina Legal de Costa Rica, 32(1), 119–124.
• Secretaría de Gobierno Distrital – Bogotá. (2008). La conducta suicida y factores de resiliencia entre jóvenes bogotanos.
• Serrano, M. B., et al. (2017). Uso de sustancias e ideación suicida en adolescentes. Adicciones, 29(2), 97–104.
• Villalobos, B., & Crespo, J. (2004). Intentos de suicidio en niños y adolescentes. Archivos Venezolanos de Psiquiatría y Neurología, 50(103), 6–12.
• White, J. (1998). Comprehensive youth suicide prevention. University of Toronto Press.