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Los jóvenes en la zona gris de la Seguridad y Salud en el Trabajo

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En Colombia se han hecho esfuerzos importantes por proteger a los niños, niñas y adolescentes, y, en efecto, las estrategias para proteger a los menores de 17 han avanzado mucho en los últimos años. Pero ¿qué diferencia a un trabajador de 16 o 17 con uno de 18 años? Es necesario que se aborde el tema del trabajo juvenil reflexionando sobre qué pasa con los jóvenes que cumplen su mayoría de edad y que son tratados como adultos, sin dotarlos de la pericia, herramientas y conocimientos que, claro, se adquieren con la experiencia. Puesto que las estadísticas muestran que los jóvenes de edades comprendidas entre los 18 y los 24 años son más proclives a sufrir accidentes de trabajo graves que otros adultos.

Se estima que las prácticas deficientes en materia de Seguridad y Salud en el Trabajo (en adelante SST) cuestan el 4 % del PIB mundial anual, casi 3 billones de dólares al año, dinero que debe ser cubierto por las empresas y el gobierno, pero cuyo costo mayor lo llevan consigo los trabajadores, que ven menoscabada su salud a causa de un trabajo no seguro.

La población ha cambiado y, cada vez, los jóvenes son menos, no solo en el mundo, sino en Colombia. En 1964 se registraban 1.556 jóvenes por cada 100 personas mayores; hoy, en Colombia, solo hay 245[1]. Esto nos significa como país varias reflexiones en términos de las economías emergentes, los nuevos puestos de trabajo que se crean, las industrias que reaparecen y los esfuerzos del país por tecnificar más a su población y dotarla de las herramientas suficientes para enfrentar una economía que es más especializada y que, entre otros, debe reinventarse hacia el gran potencial que tenemos como país, que aún le falta camino por recorrer para su industrialización, pero que sigue con la posibilidad de aprovechar de una forma sostenible su agricultura.

La OIT estima que “cerca del 49,3 % de los jóvenes adolescentes entre 15 y 17 años participan en trabajos peligrosos en la agricultura (OIT, 2017)”. Estos trabajos están vinculados a las formas atípicas de contratación, que se clasifican en cuatro categorías: a) Empleo temporal (en contraposición al empleo indefinido); b) Empleo a tiempo parcial, a pedido (en contraposición al empleo a tiempo completo); c) Relación de trabajo multipartita (en contraposición a la relación directa, subordinada con el usuario final); d) Empleo encubierto/por cuenta propia económicamente dependiente (que no forma parte de una relación de trabajo). Entonces, los jóvenes, al contar con competencias limitadas, poca experiencia laboral y escaso poder de negociación, “(…) ven su acceso al mercado de trabajo limitado a empleos básicos y puestos de trabajo poco deseables por estar mal remunerados, exigir largas jornadas de trabajo y ser precarios y peligrosos. La situación se ve agravada por un índice de desempleo juvenil que, en la actualidad, triplica el de los adultos (OIT, 2018).”

[1] Tomado de: Censo Nacional de Población y Vivienda – 2018; DANE. Consultado el: 28 de mayo de 2019.

Los rápidos cambios en las tecnologías, la intensificación en los ritmos de trabajo y las demandas de mayor productividad y rapidez en la adaptación del trabajador generan estrés físico y mental.

Esta rápida reflexión sobre la evolución de las condiciones de trabajo y de su influencia en la salud de los trabajadores nos permite comprender que lo que era tolerable hace unos pocos años, hoy ya no lo es, ni laboral ni socialmente. Y aunque lamentablemente aún tengamos que seguir combatiendo a empresas y empresarios que lo anteponen al principio elemental de la eliminación y la prevención del riesgo en el trabajo —el principio del beneficio económico inmediato—, cada día la cultura preventiva, la conciencia social, las legislaciones y el poder coercitivo de los estados hace que empiecen a no ser rentables estas prácticas.

Este cambio en la cultura preventiva —siendo aún insuficiente— ha tenido como protagonistas a los trabajadores, que son los que mayoritariamente pierden la salud en el trabajo, a las organizaciones sindicales y patronales, a las organizaciones nacionales e internacionales, etc.; en definitiva, a todos los agentes sociales que participan en el mundo de las relaciones industriales, unidos en un ideal común de mejorar las condiciones de trabajo y la erradicación del accidente de trabajo y la enfermedad profesional como consecuencia de la falta de medidas preventivas.

Asimismo, cada vez deberá prestarse mayor atención a la detección, prevención, control y tratamiento de las enfermedades derivadas del trabajo, especialmente de aquellas que, como el estrés, pueden ser de origen laboral, pero también no laboral.

Las tendencias actuales de cambio que han modificado el contexto organizativo (hoy, a diferencia de otros tiempos, se puede trabajar casi en cualquier sitio), contextos demográficos revolucionarios por una mayor incorporación de las mujeres al trabajo, envejecimiento de la población activa, la diversidad intergeneracional en las empresas, etc., como en la ocupación (una proporción creciente de los trabajadores está en el sector servicios), auguran, de cara al futuro, la emergencia de un nuevo marco preventivo por la aplicación de las nuevas tecnologías, nuevos procesos y nuevas condiciones organizativas, en la que sin duda tendrán una importancia cada vez mayor los riesgos ergonómicos y psicosociales frente a los tradicionales, que estarán fundamentalmente ligados a los nuevos avances que, como en el caso de las nanotecnologías y partículas ultrafinas, la robotización, la implantación de las nuevas tecnologías de la comunicación y la informatización, la utilización masiva de las big data, etc., pueden incrementar diversos tipos de riesgo que se traducirán en lesiones profesionales poco conocidas y, por lo tanto, sin prevención en la actualidad.

En definitiva, tenemos que estar muy atentos a lo que algunos conocemos como el T4.0 (Cuarta Revolución Industrial), que, gracias a la globalización, se está acercando como un tsunami silencioso y que, a muy corto plazo, afectará de forma masiva a nuestros sistemas productivos y de relaciones industriales y laborales, generando problemáticas totalmente nuevas y que ya han sido anunciadas en distintos foros, y para las que no tenemos respuestas en estos momentos.

Para concluir, quisiera que esta exposición sea una llamada de acción para que, aunque cambien nuestros paradigmas preventivos, sigamos aprovechando todos los recursos que tenemos a nuestra disposición para mantener las actuales tendencias en orden a que se reduzcan o eliminen las situaciones de riesgo y se evite que el trabajador sufra, enferme o pierda su vida a causa del trabajo.

La OIT, recientemente, en su conmemoración de los 100 años, destacó la importancia de la SST y analizó algunos desafíos y oportunidades que inciden en un futuro del trabajo que aporte a sociedades capaces de proveer mejores condiciones. Algunos de esos factores están centrados en repensar una sociedad donde se deberá trabajar por más tiempo y la mano de obra estará más envejecida, afectando las capacidades funcionales, tanto físicas como cognitivas, que disminuirán con la edad.

El reto será educar cada vez más a los jóvenes que, en Colombia y en el mundo, están expuestos un 40 % más que los adultos a sufrir accidentes de trabajo o desarrollar enfermedades que reaparecerán con los años. Hoy la sociedad incita a que los jóvenes “no deseen” un contrato de trabajo ni las formas tradicionales en las que están basadas las relaciones laborales, pero lo cierto es que tampoco el mundo se ha reinventado mecanismos más efectivos para lograr que los trabajadores (sean estos o no jóvenes) accedan a un salario digno, a una seguridad social, educación, vivienda, recreación y demás prestaciones sociales. Las cuales no sólo permiten un goce efectivo de los derechos a los que se han hecho acreedores los trabajadores que han brindado su fuerza de trabajo, a cambio de un salario que representa mucho más que el dinero de una jornada de trabajo.

Partiendo de estas reflexiones, es preciso que las sociedades, instituciones y organizaciones diseñen estrategias que les permitan repensarse la SST, no como una obligación o gasto, pues finalmente es un canal para mejorar la productividad de las empresas y disminuir los costos asociados a los riesgos y accidentes de trabajo, permitiendo mejorar las condiciones de vida de la comunidad en general. Además, cuando un trabajador joven se lesiona, se pierden años de productividad, además de la inversión en educación y formación.

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