Según información registrada en el documento: “Análisis de Situación de Salud. Colombia, 2016” del Ministerio de Salud y Protección Social, entre 2005 y 2014 la principal causa de muerte en la población general se atribuyó a las enfermedades del sistema circulatorio y, aunque siguieron una tendencia decreciente en el tiempo, pasando de 166,43 a 146,96 muertes por cada 100.000 habitantes, lo que significa una reducción de 9,90%, causaron el 30,08% (595.289) de las defunciones y el 16,30% (7.829.481) de todos los años de vida potencialmente perdidos (AVPP).
Es así como, dentro de estas muertes por enfermedad cardiovascular, las enfermedades isquémicas del corazón produjeron el 49,30% (293.458) de las muertes por enfermedades del sistema circulatorio; las enfermedades cerebrovasculares provocaron el 23,47% (139.690) de las muertes; las enfermedades hipertensivas causaron el 10,47% (62.297) de las muertes en este grupo.
Los departamentos de Magdalena, Meta, Norte de Santander, Quindío, Tolima y Arauca tuvieron en 2014 tasas ajustadas de mortalidad por enfermedades del sistema circulatorio significativamente más altas que la nacional, mientras que en los departamentos de Cauca, Chocó, La Guajira, Nariño, Putumayo, Amazonas, Guainía, Guaviare, Vaupés y Vichada, las tasas fueron significativamente más bajas.
En hombres, las enfermedades isquémicas del corazón generaron el 53,10% (162.839) de las muertes por enfermedades del sistema circulatorio y aportaron con el 27,35% del total de defunciones dentro del grupo de causas. En mujeres, las enfermedades isquémicas del corazón generaron el 45,26% (130.618) de las muertes por enfermedades del sistema circulatorio y contribuyeron con el 21,94% del total de defunciones por esta gran causa (1).
Es pobre la información respecto al registro de paro cardiorrespiratorio a nivel extrahospitalario en adultos en el país; sin embargo, se han realizado algunos esfuerzos por afianzar las investigaciones en este tema. Es así como, en la búsqueda de literatura al respecto, encontramos que el Dr. Navarro, profesor de cirugía de la Universidad Nacional de Colombia, menciona en el análisis realizado entre los meses de enero a marzo del año 2005 en la ciudad de Bogotá, tomando las estadísticas del “Centro Regulador de Urgencias del Distrito (CRU)” de reportes de pacientes adultos ocurridos en los primeros 30 minutos de sucedido el evento (2), que el 40% de los traslados mensuales realizados por esta entidad son interhospitalarios, lo cual compromete la eficiencia del sistema en tiempos de respuesta para eventos extrahospitalarios.
En cuanto a las causas de los traslados, el trauma es una de las principales (22% de los casos) y el paro cardíaco por esta causa supera las cifras reportadas por la literatura mundial de 5-8%. Los paros cardiorrespiratorios encontrados en los tres meses analizados fueron 210, de los cuales 137 correspondieron a causa médica (64%), 46 a causa traumática (22%) y 27 a causa desconocida (14%), constituyendo una frecuencia de 2-3 casos de paro cardiorrespiratorio extrahospitalario por día; sin embargo, el registro de datos fue deficiente y no permitió conocer información valiosa descrita mundialmente en las definiciones de Utstein (3).
En dicho estudio se refiere que los registros encontrados no permitieron describir en detalle características fundamentales consideradas en el registro mundial, como son: paro presenciado, ventilación asistida, compresiones cardíacas, intento de desfibrilación, reanimación por legos o por espectadores, tiempo del paro, edad, sexo, intentos de desfibrilación, intervalo entre la llamada al CRU y la llegada del personal de la ambulancia medicalizada, éxito de la reanimación antes del arribo del personal de la ambulancia, primer ritmo monitorizado, medicamentos, lugar donde ocurrió el evento, desenlace de los casos que llegan al hospital, sobrevida del evento, retorno a circulación espontánea, sobrevida a la salida del hospital, estado neurológico al alta hospitalaria, etc. (4).
Estos datos fueron apenas un pequeño porcentaje de la realidad en un corto tiempo, pero exponen la imperiosa necesidad de mejorar nuestros registros y dejan ver graves falencias del sistema.
Partiendo de esta evidencia teórica, procederemos a relatar una vivencia reciente que nos permitió corroborar las grandes dificultades que se presentan en nuestro medio respecto a este tema y que motivó nuestro interés de promover espacios de capacitación y debate al respecto.
Nos encontrábamos como usuarios en una de las clínicas odontológicas de la ciudad de Bogotá, y en el consultorio frente al nuestro, un paciente masculino alrededor de los 45 años de edad, con aproximadamente 120 kg de peso y 1,70 m de estatura, presenta un episodio convulsivo tónico-clónico generalizado.
Su odontóloga intenta brindarle cuidados básicos como succionar su saliva, trata de movilizar su cabeza; sin embargo, el paciente, acostado en la silla de odontología, se torna cianótico, no responde al llamado, pierde el tono muscular y el control del esfínter urinario. Nos acercamos a apoyarla y, al realizar verificación de pulso del paciente, corroboramos que se encuentra en paro cardiorrespiratorio.
Inmediatamente procedemos a iniciar maniobras básicas de reanimación cardiocerebro pulmonar (RCCP). El reanimador 2, previa valoración de la seguridad del espacio intenta la subluxación de la mandíbula, con apertura parcial de la vía aérea; se considera una vía aérea difícil y no ventilable, pues el paciente se encontraba completamente rígido y su cuello era corto y pesado. Adicionalmente, no contábamos con cánulas, suplencia de oxígeno ni ambú.
El reanimador 1, de manera concomitante, inicia masaje cardiaco externo y activa inmediatamente la cadena de supervivencia con llamada al 123. Intentamos indagar con su odontóloga los antecedentes del paciente, que según ella afirma, no refirió en la anamnesis ningún antecedente relevante. Refiere haber aplicado una dosis baja de anestesia local con lidocaína con epinefrina, por lo cual pensamos en posible anafilaxia “vs” evento cardiovascular como primera causa.
Continuamos RCP y, tres minutos después, logramos comunicación con el CRU, quienes, sorprendentemente, además de indagar por los datos básicos de localización del evento y circunstancias del mismo, nos realizan un interrogatorio detallado respecto a nuestros perfiles profesionales y concepto clínico, reiterando que no tienen disponibilidad en ese momento de ambulancias medicalizadas y que la ambulancia más cercana se encontraba a 10 minutos de distancia.
En el sitio no contaban con DEA (desfibrilador externo automático) ni otro tipo de recursos para ampliar la reanimación a una fase avanzada, por lo cual continuamos masaje cardiaco externo con retorno a circulación; sin embargo, tres minutos después se pierde el pulso y se reinicia nuevamente, rotando el masaje entre los reanimadores 1 y 2 cada 1.500 ciclos.
Una vez llega la ambulancia básica, 10 minutos después, tampoco contaba con DEA, por lo cual procedemos únicamente a garantizar apertura de la vía aérea con cánula de Guedel, suministro de oxígeno con ambú y FiO₂ 100%. Se verifica pulso y se monitoriza con oxímetro, pues no hay disponibilidad de otros dispositivos. Se observa saturación de oxígeno mayor de 90% y pulso firme con frecuencia de 100 latidos por minuto.
Se realiza con dificultad el traslado, con todos los riesgos posibles de seguridad ante un paciente obeso ubicado en un segundo piso, sin pasillos de tránsito de camillas y sin ascensor, hasta la ambulancia. Uno de nosotros debe trasladarse con el paciente al centro de atención médica más cercano.
Una vez el paciente ingresa a dicha institución, percibimos con sorpresa una desconexión entre las actividades realizadas por los primeros respondientes y el personal de ambulancia, respecto a las decisiones asumidas por el grupo médico del lugar, quienes, desconociendo la dificultad para asegurar la vía aérea, las variables hemodinámicas de ingreso, tensión arterial de 140/100, frecuencia cardiaca alrededor de 100 y ritmo sinusal con extrasístoles ventriculares con dupletas en el visoscopio, con agitación e intentos de retiro de venoclisis y cánulas, inician sedación, relajación y retiran todos los dispositivos empleados. Después de tres intentos de intubación fallidos, por dos médicos diferentes de la unidad de emergencias, se activó el llamado al equipo de vía aérea difícil, asumiendo los riesgos por hipoxemia derivados de esta situación. No conocemos el proceso posterior.
El paciente sobrevivió y el desenlace fue satisfactorio. Su esposa, agradecida, nos llamó “ángeles”; sin embargo, estamos muy lejos de ese apelativo, solo somos dos personas entrenadas, ubicadas en el lugar y momento indicados, y pudimos corroborar la debilidad que existe en nuestro medio en el papel de primeros respondientes.
Los profesionales de odontología, los auxiliares del centro y el personal administrativo carecían de entrenamiento en técnicas básicas de reanimación. El sitio no contaba con recursos técnicos de apoyo para este tipo de emergencias y la orientación brindada en la línea 123 fue confusa.
Con base en esta vivencia, nos gustaría aportar nuestra experticia y conocimiento, enunciando 6 pasos básicos, que, según nuestra percepción, son fundamentales para actuar como primer respondiente, y que, si bien no garantizan salvar la vida de una persona, sí aumentan las probabilidades de supervivencia:
1. Capacítese y capacite a todo su equipo de trabajo, independientemente de la profesión y razón social de su empresa, en la cadena básica de supervivencia y reanimación cardiopulmonar (5).
2. Cuide su salud, verifique la seguridad del sitio donde realizará la RCCP. Use las medidas de bioseguridad para la prevención de enfermedades.
3. Inicie medidas de prevención en su vida y en su entorno familiar, laboral y social. Sea cauteloso, especialmente en la detección temprana de enfermedades del aparato circulatorio y enfermedades crónicas. Modifique sus factores de riesgo y los de su familia.
4. Ante una situación de emergencia, active la cadena de supervivencia de inmediato, llamando a la línea 123, suministrando datos precisos, concisos y pidiendo asesoría respecto al modo de proceder.
5. Si usted es propietario o trabaja en una entidad que atiende personas y que cumple con los requisitos estipulados en la Ley 1831 del 2 de mayo de 2017, debe contar con un DEA (desfibrilador externo automático) (6).
6. Verifique sus rutas de evacuación de víctimas para situaciones de emergencia.
No olvide que una reanimación eficiente y, especialmente, el inicio temprano del masaje cardiaco externo y la colocación de un DEA, pueden ser factores decisivos para salvar la vida de una persona. Si es médico, aprenda a trabajar en equipo y no desconozca el gran esfuerzo de los primeros respondientes, que son personas valiosas en la cadena de supervivencia para cualquier comunidad.
Bibliografía:
• American Heart Association. (2017). Focused update on adult basic life support and cardiopulmonary resuscitation quality: An update to the American Heart Association guidelines for cardiopulmonary resuscitation and emergency cardiovascular care. Circulation, 137, e7–e13.
• Cummins, R. O., Chamberlain, D. A., Abramson, N. S., Allen, M., Baskett, P. J., Becker, L., Bossaert, L., Delooz, H. H., Dick, W. F., Eisenberg, M. S., et al. (1991). Recommended guidelines for uniform reporting of data from out-of-hospital cardiac arrest: The Utstein style. Circulation, 84, 960–975.
• Jacobs, I., & Nadkarni, V. (2004, November 23). Cardiac arrest and cardiopulmonary resuscitation outcome reports: Update and simplification of the Utstein Templates for resuscitation registries. https://www.ahajournals.org/journal/circ
• Ley No. 1831 del 2 de mayo de 2017. Por medio de la cual se regula el uso del desfibrilador externo automático (DEA) en transportes de asistencia, lugares de alta afluencia de público, y se dictan otras disposiciones. Congreso de la República de Colombia.
• Ministerio de Salud y Protección Social. (2016). Análisis de situación de salud, Colombia 2016. https://www.minsalud.gov.co/sites/rid/Lists/BibliotecaDigital/RIDE/VS/ED/PSP/asis-colombia-2016.pdf
• Navarro, J. R. (2005). Registro de paro cardíaco en el adulto. Revista Facultad de Medicina, Universidad Nacional de Colombia, 53(3).