Según la Asociación Colombiana de Minería, el sector minero colombiano es uno de los principales contribuyentes para las finanzas públicas del país. Para el 2018, aportó más de 4 billones de pesos, una cifra que superó el presupuesto anual de Barranquilla, que para el 2020 estaba sobre los 3,69 billones de pesos y que, además, posicionó como principales contribuyentes al petróleo y la minería de oro. No obstante, el 70% de la extracción del oro se realiza de manera informal, situación similar a la de la minería de esmeraldas en el occidente de Boyacá que, para el 2017, ascendía al 40% de extracción y comercialización informal en la minería de las piedras verdes.
Con base en el artículo publicado por la revista Portafolio en el año 2019, Boyacá aporta el 99% de la producción de las esmeraldas en el país, centrándose en la provincia de Occidente del departamento, donde se encuentran las minas de Puerto Arturo, en Muzo; Peñas Blancas y Coscuez, en San Pablo de Borbur; La Pita, en Maripí, entre otras. A pesar de que este tipo de minería no contribuye, en su gran mayoría, al PIB, esta no deja de ser interesante ante los ojos internacionales, ya que no solo es el territorio que más produce esmeraldas en Colombia, sino que, además, son las mejores del mundo por su color y pureza.
La mina de Coscuez, en el municipio de Borbur, se ha convertido en una de las más atractivas para las multinacionales, de tal manera que llega al territorio, más o menos en el 2015, la empresa Furagems, la cual ha buscado extraer, de manera formal, la mayor cantidad de esmeraldas posibles; sin embargo, detrás de esto se encuentra un trabajo muy conocido en la región, pero poco mencionado a nivel nacional: la guaquería.
La guaquería ha sido el trabajo que, por más de 50 años, se ha realizado en las minas de esmeraldas, el cual consiste en buscar, en los socavones, la tierra y las quebradas, una esmeralda que pueda cambiar vidas en materia económica o, en palabras propias de la región, lleve a “enguacarse”. Cabe mencionar que esta ha sido una labor que se ha ejecutado, principalmente, por los hombres, a raíz de lo que produjo el conflicto esmeraldífero en el siglo XX, tema que se presta para construir otro artículo, pero que, a grandes rasgos, se resume en la guerra entre “patrones” o dueños de los títulos mineros por la disputa del territorio, guerra que dejó miles de víctimas, que tuvo influencia de grupos armados al margen de la ley y que, a hoy, no ha sido reconocida por el Estado colombiano.
Mucho se ha escrito de los mineros y guaqueros, pero se ignora que las mujeres llevan inmersas en este campo desde el momento en que surge esta actividad, pues, a raíz de las guerras verdes, muchas de ellas enviudaron; otras ya eran jefes de hogar y, en otros casos, el aporte económico del hombre proveedor, rol establecido al sexo masculino en la familia tradicional característica de la región, no era suficiente para sostener la familia, llevando a las mujeres a calmar el hambre de sus hijos con la única alternativa que tenían, literalmente, en frente de sus casas: la guaquería.
Y es precisamente eso lo que lleva a las mujeres a construir un papel importante dentro de la minería de esmeraldas. Para mediados del siglo XX, existía el mito de que, si una mujer se acercaba o entraba a una mina, “espantaba las esmeraldas”, vetándoles del todo, incluso con prohibiciones de carácter legal, el ingreso a la guaquería. Sin embargo, las necesidades no se hicieron esperar; las consecuencias de la guerra y la falta de oportunidades en la región las llevaron a los socavones a realizar el trabajo que, hasta la fecha, solo realizaban los hombres, con la diferencia de que, al salir de allí, debían dirigirse a sus hogares a continuar con el cuidado de sus familias.
A hoy, como símbolo de resiliencia y resistencia, muchas de las mujeres de la mina ubicada en la vereda Coscuez trabajan como guaqueras y construyen sus propios emprendimientos de manera transversal, demostrando que lo que se había creído de ellas por muchos años en este territorio —que solo servían para lavar ropa, cocinar y atender hijos o, en su defecto, para la satisfacción sexual de aquellos hombres que se enguacaban en un día de suerte— queda reducido a supuestos y a la subestimación por parte del sexo opuesto.
Sin embargo, es importante mencionar que, aunque la mujer ha logrado conquistar un espacio importante dentro de una economía que ha sido marcada por el machismo, esto no es suficiente, toda vez que la minería artesanal o informal no solo está cargada de características patriarcales heredadas de las guerras, sino que también carece de garantías laborales; y aun así, son las mujeres quienes asumen el riesgo de ingresar a un socavón sin tener la certeza de salir de allí con vida, permaneciendo con el temor de dejar a sus hijos a la deriva, pues, en la mayoría de los casos, son mujeres con jefatura de hogar que, a hoy, no cuentan con la opción de tener un trabajo formal.
Para cerrar este artículo, se debe resaltar que, en la mina de Coscuez, a pesar de las circunstancias y sus propias experiencias de vida, son especialmente las mujeres quienes se han encargado de reparar el tejido social que se ha construido en torno a la economía de esmeraldas y que fue destruido por la misma razón. Queda expuesto un motivo más para luchar por la reivindicación y garantía real de los derechos de las mujeres y construir un país donde las oportunidades laborales sean iguales tanto para ellos como para ellas. Coscuez lo está demostrando; Colombia también puede hacerlo.