Vivimos en un planeta ocupado, con roles multitareas, personas desconcentradas, solas e inflamadas; más del 80 % de la población colombiana y mundial se ha acostumbrado a normalizar situaciones estresantes. Cada persona sufre el estrés de distinta manera, y este puede manifestarse tanto en el plano físico, mental y psíquico.
El estrés y la falta de sueño pueden hacer que aumentemos nuestros momentos de ansiedad, depresión y/o se presenten ataques de pánico; desde el punto de vista físico, puede provocar dolores musculares, síndromes miofasciales, lumbalgia y cervicalgia. El estrés activa el sistema nervioso simpático, lo que aumenta la frecuencia cardíaca (palpitaciones) y la presión arterial sanguínea. El estrés puede provocar la constricción de los vasos sanguíneos (cierre temporal de la luz arterial), lo que se manifiesta en aumento de la presión arterial. Y, como respuesta, también puede haber un aumento de los marcadores inflamatorios neurohumorales de manera aguda o crónica (cortisol, hormonas de hambre-saciedad, entre otros).
Dados los numerosos riesgos para la salud que conlleva el estrés, es fundamental disponer de estrategias para controlarlo, de manera individual y grupal, como estrategias de intervención bajo responsabilidad de las empresas. Pero un método en el que la mayoría de las personas no suelen pensar cuando se habla de estrés es la práctica de ejercicio con regularidad. Esta puede ser una herramienta muy eficaz para modular el estrés, mantener el bienestar físico, mental y llevar una vida feliz.
Practicar actividad física con regularidad puede ayudar a establecer hábitos de sueño saludables; ayuda generando prioridades, genera disciplina y prioriza responsabilidades que, a su vez, sirvan para reducir el nivel general de estrés.