La tendencia a nivel mundial es que toda la humanidad, hoy en día, tiene conocimiento de la COVID-19 como un virus y enfermedad mortal que está matando a miles de personas. Como dirían los jóvenes, estamos en “modo pandemia”.
En Colombia, a mediados del mes de marzo y meses siguientes, veíamos por la televisión, de manera lejana (países de Europa), temerosos y sorprendidos, la cantidad de ataúdes arrumados en cementerios, iglesias, lotes, etc.; sin embargo, en este momento es una cruda realidad que también nos está golpeando; quizá algunos de ustedes ya se han visto afectados con uno o varios familiares fallecidos por esta enfermedad.
Según datos oficiales a agosto 3 de 2020… “El nuevo coronavirus SARS-CoV-2, que provoca la enfermedad COVID-19, continúa extendiéndose por el planeta y ya ha infectado a más de 18 millones de personas, mientras que la cifra global de decesos rebasa los 690.000 y la de los recuperados supera los 10,4 millones de personas. El país más afectado es Estados Unidos, con más de 4,6 millones de contagios y más de 154.000 fallecimientos, seguido de Brasil, que supera los 2,7 millones de casos y acumula más de 94.000 muertos, y de India, con 1,8 millones de contagios y 38.000 muertes. Por debajo se sitúan Rusia, que supera los 854.000 infectados y registra más de 14.000 muertos; Sudáfrica, con más de 511.000 casos; México, que excede los 439.000 casos; Perú, que ya supera los 428.000; Chile, con más de 359.000 casos; Colombia, sobrepasando los 317.000; e Irán, que rebasa los 312.000 contagios…” (tomado de: https://www.rtve.es/noticias/20200803/mapa-mundial-del-coronavirus/1998143.shtml)
Lo anterior se suma al desalentador y preocupante nuevo anuncio de la Organización Mundial de la Salud en cuanto a “…que quizá nunca haya una solución para la COVID-19…”, queriendo decir que hay que continuar con nuestras vidas. “…Hay que hacerlo todo: mantener el distanciamiento físico, lavarse las manos de forma constante, no toser al lado de otros, llevar mascarilla y reforzar la vigilancia…”, y esperar la “única solución”, que sería la tan esperada vacuna, porque en este momento, a nivel mundial, no hay ninguna y aún no se ha encontrado la panacea para curar esta enfermedad (apartes tomados de: https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20200803/oms-solucion-coronavirus-covid-8063143).
Otras tendencias no menos importantes, pero que se desprenden como efecto de la COVID-19 son: el aumento acelerado del desempleo, la pobreza, la discriminación en todas sus formas, el maltrato y la violencia intrafamiliar, el maltrato animal, entre otras.
El devastador impacto económico, que ha golpeado a las economías más desarrolladas y estables y fragmentado a las más débiles, es quizá, a la par con el manejo mismo del contagio del virus, lo que más preocupa a los gobiernos a nivel mundial.
Según el balance de la Organización Internacional del Trabajo: “…La ola del desempleo en el mundo, por cuenta de la pandemia, se hace sentir con mayor fuerza en América Latina. Las restricciones al comercio, a la vida laboral y al turismo, entre otros, como medidas de contingencia para tratar de frenar la propagación de la COVID-19, dejan 41 millones de personas desocupadas en esta región…” (tomado de: https://www.france24.com/es/20200701-oit-latinoamerica-desempleo-economia-pandemia-covid19).
En Colombia, a disgusto de muchos sectores y personas, las autoridades locales y de salud están haciendo esfuerzos para controlar la propagación y contagio del virus; por eso, nos hemos visto abocados a permanecer en casa, a aislarnos por sectores. De la misma manera, las empresas han tratado de mantener los empleos de sus trabajadores, ofreciendo alternativas como reducción “temporal y voluntaria” de los salarios, de horas y jornadas de trabajo, implementación de trabajo en casa, vacaciones causadas, vacaciones anticipadas, etc.; sin embargo, otras no han tenido más alternativa que despedir a su personal, ofrecer licencias no remuneradas y suspensión de contratos, que a los ojos de la normatividad colombiana está prohibido, y más en estos tiempos de pandemia.
En Colombia, el desempleo es indiscutible y se evidencia desde hace muchos años, siendo uno de los problemas que más impacta a la sociedad y a la economía nacional.
En estos días de pandemia, se han incrementado, en todas las calles de los barrios, veintenas, por no decir, cientos de personas —vendedores ambulantes— desesperados, tratando y haciéndole al “rebusque”, como ellos dicen, puesto que viven al día; de lo que consigan podrán alimentarse y llevar una comida a sus familias. Vemos y juzgamos sin miramientos, sin entender que esta población es una de las más vulnerables en estos tiempos, y se les critica porque son los que no cumplen con la cuarentena impuesta por el Gobierno nacional y local, sin detenerse a considerar y ponerse en sus zapatos, y pensar en todas las angustias y penurias que están pasando para poder sobrevivir; hasta se piensa y se asevera que no les interesa contagiarse ante la rebeldía y renuencia de algunos a no cumplir con los protocolos de bioseguridad establecidos.
Otro tanto, y no menos desalentador, que se le suma a la informalidad, son los miles de personas que han perdido su empleo, único y valioso para sobrevivir, así como el gran número de migrantes, milongas, habitantes de la calle, etc., los cuales acrecientan los niveles de pobreza que van a la par con la corrupción y la inseguridad reinante en nuestro país.
El incremento de contagiados por el virus a nivel global llevó a que el Gobierno nacional ordenara el aislamiento absoluto a mediados de marzo, llevándonos a un cambio radical de 180° al modo como estábamos viviendo y actuando; en un fin de semana agotador, nos vimos preparándonos para continuar el siguiente lunes, el cual nos esperaba con trabajo en casa, niños y estudiantes en clases virtuales y más situaciones no pensadas y no deseadas que, desde entonces, hemos tratado de sobrellevar, afectando nuestros hábitos personales, familiares y sociales.
Lo último se evidencia en el incremento de pedidos de auxilio a la policía y denuncias por la llamada pandemia silenciosa, por los conflictos y violencia familiar, de género, infantil, feminicidios, maltrato infantil, maltrato animal, en fin, y que muy seguramente repercutirá más y más en problemas de salud mental a causa del estrés, de la incertidumbre del presente y del futuro, que se acentúan cada vez más cuando vemos y escuchamos la confusión en las noticias y la tergiversación de la información que se difunde día a día a nivel global.
Es la triste realidad la respuesta a esa pregunta: ya no tengo empresa.
Grandes esfuerzos de pequeños empresarios que le apuntaron a la idea de crear empresa, viviendo con angustia y frustración cómo sus ilusiones se han visto apagadas, sin ninguna alternativa de salida a la vista, lo que ha llevado al cierre de sus locales, venta de su mercancía, despedir a sus trabajadores y, ¿qué queda?: un sinnúmero de deudas sin pagar, mercancía sin producir o sin vender, ahorros de años invertidos, etc.